Ciencia vs Realidad. Unas palabras sobre el método científico.

Publicado: 22 noviembre, 2010 en Sin categoría

La ciencia. Sí amigos, la ciencia. Los científicos, esos observadores objetivos que utilizan el método científico para confirmar de modo concluyente y definitivo grandiosas teorías. Los científicos, esos expertos que no tienen prejuicio alguno al recopilar información y que derivan lógicamente verdades de sus objetivas observaciones, descartando imediatamente aquellas que se muestran irracionales al ser falseadas aunque les duela perder sus propias teorías, sí esos “übermenschen” de la época actual. Los científicos: esos simpáticos amiguitos que con una probeta en una mano, un bloc de notas en la otra y una sesuda expresión detrás de sus lentes, nos hacen cada día la vida más fácil brindándonos radiactividad, modificaciones genéticas, smog químico y yoghures Danone. Ustedes pueden no tener ni idea de cómo funcionan sus teorías, pero se las creen de todas formas, puesto que los científicos “saben”. ¿Difiere esto en algo de la fe en el las interpretaciones de Dios que hace el Papa?

Hoy mientras cagaba descubrí que Dios era amor. Le diré al escribano que prepare el bolígrafo que hoy voy a hacer una encíclica.

 

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La respuesta es NO. Fuera del estamento científico versado, en el seno de la sociedad, la ciencia no es más que otro sistema de creencias. Ustedes en sus casas tienen tantas posibilidades de comprobar la existencia de la teoría de la relatividad especial como de comprobar la existencia del Arcángel Gabriel.

Pero, ¿y dentro del estamento científico?, ¿pueden ellos comprobar la veracidad de sus teorías?. Una vez más la respuesta es NO. La observación objetiva es una utopía, la información jamás puede confirmar o falsear definitivamente ninguna teoría porque es imposible medir todas las variables en el espacio y el tiempo, como tempranamente demostró David Hume, y los científicos se aferran a sus teorías como un niño a sus juguetes aun cuando tienen todo tipo de datos en contra de las mismas; la mayor parte están encoñados con ellas y no las sueltan hasta la muerte.

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La ciencia es un proyecto cuyo objetivo es conseguir un conocimiento absoluto del mundo natural, pero contrariamente a lo que comunmente se piensa, una teoría científica no tiene mucho que ver con la realidad, sino más bien con su estructura, el modo en que funciona y su cercanía a las ideas del paradigma dominante.

Examinemos detenidamente la base de lo que se llama “ciencia”: el método científico:

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En los primeros años de la ciencia, el método científico era visto como algo completamente objetivo, racional y empírico. Según esta visión, las teorías debían ser completamente confirmadas o completamente falseadas basándose en la información objetiva disponible. Para ello se requería un método, porque las personas parecían tener la molesta tendencia a desarrollar sentimientos, intuiciones y aberraciones similares… que podían “infectar” la ciencia, que nada tiene que ver con lo que el ser humano siente. Así pues, se hacía necesario seguir un método para que esas “imperfecciones” del ser humano no influyeran en el proceso de descubrir la naturaleza. .

Dentro de la revolución racionalista, el primer método científico así considerado fue el inductivismo de Francis Bacon a principios del siglo XVII. La idea era conseguir un montón de informaciones no afectadas de prejuicios o preconcepciones e inferir inductivamente teorías de dichos datos generalizando esta información en la forma de “leyes naturales”, para luego acumular más información para corregir la hipótesis, de ser esto necesario. Es decir: se generaliza a partir de lo particular.

 

Esto parecía funcionar en muchos casos, pero la realidad es que este método parte de preconcepciones ya de por sí: para generalizar la información obtenida al rango de “ley física”, el individuo debe asumir que ésta se aplica a todo proceso físico que no ha observado. La lógica inductiva está inevitablemente basada en esta asunción “no lógica”. Pero hay otro problema: existen fenómenos que no pueden ser directamente observados: a nivel atómico, ondas…, incluso la mismísima gravedad y sus misteriosas partículas: los gravitones. Todo esto no podría ser ciencia aplicando el inductivismo, porque si no ves las ondas de tu teléfono móvil, éstas “lógico-inductivamente” no existen, como para pensar que puedan causar cáncer.

 

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Consciente de este problema, a finales del siglo XVII, Newton el Grande desarrolló otro método que más tarde se llamó hipotético-deductivo, desarrollo del deductivismo aristotélico. Conforme a este método, uno comienza con una hipótesis (teoría provisional), deduce lo que cabe encontrar en el mundo físico resultado de la aplicación de dicha hipótesis, y lo comprueba. El origen de la teoría es irrelevante: se puede hacer porque se le ha aparecido a uno la virgen: da igual; lo importante es que pueda confirmarse mediante la observación.

 

Pero el método hipotético-deductivo también tiene problemas. Nunca podemos estar seguros de haber examinado toda la información. Siempre existe la posibilidad de que una futura observación se cargue hasta la teoría más asentada; de hecho esto es precisamente lo que le pasó a Newton: Einstein, Heisenberg y otros herejes demostraron hace casi 100 años que el universo Newtoniano no era “El Universo”, sino solamente una parte muy restringida: sus “leyes” no se cumplían ni en astrofísica ni en física cuántica. Prigogine vino más tarde a rematar el asunto con la teoría del caos, y la observación fenomenológica de solitones pone en duda incluso su validez en ámbitos en que la mecánica newtoniana se consideraba indiscutible.

 

Pero es que además, el método hipotético-deductivo falla en la propia lógica. Pongamos un ejemplo hipotético-deductivo: tenemos la teoría “T”, y luego la observación física “O”. Tenemos que si T es cierta, entonces se produce O, así que conforme a Newton, si vemos O, inevitablemente T está involucrada. Esto es falso. Un ejemplo: podemos tener la teoría (T) de que existe un Dios invisible llamado Zeus que vive en las nubes y lanza rayos sobre la tierra. Nos vamos a la comprobación y efectivamente comprobamos que caen rayos de las nubes (O). Si efectivamente existe Zeus, caerían rayos del cielo, y como caen, entonces es que Zeus existe. Pero esto, aunque es hipotético-deductivo no es un argumento lógico, sino falaz. Podría haber otras posibilidades que generen rayos, no solo Zeus.

 

La realidad es que en ciencia, cualquier observación de la naturaleza puede ser compatible con todo tipo de teorías, desde Dios hasta las leyes naturales. Muchas explican los mismos fenómenos perfectamente. A ésto se le llama el “principio de indeterminación de las teorías”.

Así, un dato empírico por sí solo no puede confirmar ninguna de las que podrían explicarlo. La conclusión es que ninguna teoría científica puede demostrarse basándose únicamente en las observaciones físicas.

 

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A mediados del siglo XX, Karl Popper (a la izquierda) inaugura un nuevo método: el falsacionismo. En primer lugar, Popper indica que la observación de la naturaleza es siempre selectiva (no se puede observar todo), y por tanto el selector es siempre subjetivo; para evitar esta subjetividad, propone que siempre hay que crear la hipótesis antes de comenzar a investigar, sea porque se te cae una manzana en la cabeza, como las de Newton, por inspiración divina como las de Einstein, o tras un viaje con Ayahuasca, como las de Terence McKenna. Esto termina con el inductivismo.

 

En segundo lugar, Popper indica que nada universal puede deducirse de lo particular: que no puede haber enunciados científicos últimos, y no puede partirse de puntos de partida incuestionables a la hora de hacer ciencia, porque éstos no existen. Esto destruye el concepto de “prueba conclusiva”, cargándose así también el método hipotético-deductivo.

La idea de Karl Popper y del falsacionismo, contrariamente al verificacionismo todavía dominante, es que ciencia es solo aquella que puede ser falseada. Si una teoría no puede ser falseada, no es ciencia. Es el acto de falsear una teoría lo que la descarta o la deja vivir un tiempo más. A esto se le llama el “criterio de demarcación”. El falsacionismo postula que una teoría científica debe ser confrontada con los experimentos que con más posibilidades pueden demostrar que es falsa, y no lo contrario: hay que tratar a toda costa de derribarla, no de confirmarla, dado que la mejor manera de progresar científicamente es cargándose las teorías que no resisten un falseamiento. Por ejemplo, por millones de cuervos negros que veamos, nunca podremos afirmar que todos los cuervos son negros, sin embargo, el hecho de ver uno blanco descartaría la teoría de que todos son negros.

 

Sin embargo, el hecho de que una hipótesis resista diversos intentos de falsación no la convierte de ninguna forma en “realidad”, puesto que como ya hemos indicado, Popper opina que no hay modo alguno de probar definitivamente nada: simplemente la corrobora provisionalmente.

 

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El falsacionismo no carece de problemas, y el principal es que es imposible falsear teorías definitivamente a base de datos empíricos. Así pues, en el ejemplo de los cuervos, el hecho de observar uno blanco podría deberse a otras circunstancias: podría haber sufrido una enfermedad desconocida que lo dejó blanco de forma sobrevenida, o podría ser una especie distinta, o podría ser un error del observador, una alucinación… siempre es posible encontrar algo.

 

Si una teoría no se cumple en el mundo real, uno puede siempre afirmar que la teoría es correcta, pero que una de las asunciones de las que partía es incorrecta. Ejemplo: tenemos una teoría de partículas y queremos comprobarla en el mundo real. Así pues, nos vamos a Suiza, al CERN (un acelerador de partículas) y a continuación experimentamos, para lo cual tenemos inevitablemente que aceptar las siguientes asunciones:

– Todas las teorías (de partículas, electrónicas, de ingeniería…) utilizadas en lo que creemos que sucede dentro del acelerador son correctas.

– Todas las teorías sobre cómo funciona el detector son correctas.

– Tanto el acelerador como el detector funcionan como fueron diseñados.

– Tanto el acelerador como el detector están siendo utilizados correctamente.

– Otras cosas que se nos han pasado de momento.

Nótese que algunas de las anteriores asunciones también dependen a su vez de otras asunciones, y así hasta el infinito.

 

Si nuestra partícula no hace lo que nuestra teoría dice que debía hacer, podemos achacarlo a todo ese conjunto de asunciones. Así que volveremos a intentarlo una y otra vez, gastando millones de euros del erario público o de donde sea para probar que lo que nos hemos imaginado es verdad. Así funciona la ciencia en el día a día.

Y si por casualidad la partícula hace lo debido, ¿podemos considerar probada nuestra teoría? Pues NO, porque un error en el resto de teorías significaría que la nuestra no es correcta. En consecuencia, las teorías no pueden comprobarse definitivamente ni falsearse definitivamente mediante datos empíricos, por mucho que provengan de aceleradores de partículas u otras cosas difíciles de pronunciar.

 

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Por tanto, el método de Popper tampoco nos vale. Su aportación más significativa es demostrar que las observaciones son seleccionadas por el ser humano y, en consecuencia, no son objetivas, sino plenamente subjetivas, y que nada puede demostrarse plenamente. Pero falla en la idea de falsearlas, porque en realidad es posible modificar cualquier teoría para hacerla compatible con cualquier información empírica que obtengamos. Es lo que se hace en realidad: cuando algo no funciona a nivel cuántico, los científicos se inventan una nueva partícula subatómica, llevan ya miles inventadas para sostener su visión, y eso sin tener una sola prueba concluyente de que siquiera existan las “partículas”. No recuerdo qué científico afirmó que el Nobel de física debería otorgarse al físico que NO “descubriera” una nueva partícula ese anio. (Es cierto que nos hallamos contaminados con continuos dibujos y representaciones de partículas como la de la derecha, pero también es cierto que nadie podría afirmar racionalmente la existencia del infierno por el solo hecho de haber contemplado el panel izquierdo de “El jardín de las delicias” de El Bosco en el Museo del Prado, no?).

 

Otro ejemplo práctico de ésta capacidad imaginativa lo tenemos en Einstein. A Einstein no le cuadraba la gravedad de Newton en su teoría de la relatividad: no cuadraba que las cosas se atrajeran entre sí, así que se inventó la curvatura del espacio-tiempo, que es un genial ejercicio de imaginación consistente en que todos los cuerpos se mueven en línea recta y que lo que percibimos como órbitas… se debe a que el tiempo y el espacio se distorsionan para que parezcan órbitas… Y le dieron un Nobel! para que luego digan que en ciencia no se premia la creatividad artística… Por otro lado, las ideas de Einstein difieren profundamente de las teorías cuánticas, que se separaron en la famosa escisión Einstein-Bohr que hasta hoy divide a los físicos en dos ramas diferenciadas: una determinista (Einstein) y otra caótica o indeterminista (Bohr), que se perfila últimamente con muchas más posibilidades de ganar el “Mundial”.

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Así pues, como no se puede confiar en los datos empíricos, los científicos se dedican a hacer asunciones que consideran lógicas y racionales (aunque no comprobadas científicamente) y se basan en ellas para decidir qué teorías se quedan. Se trata de los llamados principios formales (shaping principles). Fundamentalmente, lo que entendemos por ciencia son en realidad estos principios. Pongamos ejemplos:

 

– Uno de ellos es la uniformidad de la naturaleza; la creencia de que los procesos naturales operan igual en el pasado, en el futuro, en cualquier lugar… Esta asunción es el fundamento de las Leyes naturales, y se trata de una afirmación “acientífica”, además de en crisis. Entre sus agresores se cuentan por ejemplo Bohm, Sheldrake, Abraham… Y es que es un dogma de fe. Sheldrake se carga esta idea en una frase: si las leyes naturales son constantes, tenían que estar allí antes de la creación, lo cual es absurdo; pero en caso contrario fueron creadas, y el hecho de que se pueda “generar” una Ley natural, destruye su significado como orden último de la realidad. Sheldrake propone que las Leyes naturales evolucionan junto a todo lo demás.

 

– Otro principio formal es que existe una realidad objetiva que se despliega ante nuestros sentidos. Una vez más tenemos múltiples disensos. Se trata de otro dogma de fe. El hecho de que sea convincente a nuestros sentidos no quiere decir que sea verdadero. Bohm pone inumerables ejemplos para sustentar su orden implicado y aclarar que lo que vemos solo es un resultado perceptivo-interpretativo de un orden superior (en clara convergencia con casi todas las tradiciones gnósticas desde el inicio de los tiempos, por otro lado).

 

De la nada, nada surge (ex nihilo, nihil fit). Este principio es base de la ley de la causalidad. Así, algo que existe tiene que tener una causa. Ley de causa-efecto, base del mecanicismo. Es otra afirmación en crisis desde la mecánica cuántica. Bohm intenta salvar la causalidad con su interpretación causal de la teoría cuántica, pero para ello tiene que utilizar hipótesis todavía más imaginativas. Además, evidentemente si queremos hablar de la creación del Universo, o de la creación del creador del Universo, encontramos un problema con esta teoría. Inevitablemente la nada creó algo, o por contra “algo” existió que no fue creado. La causalidad no resiste la leve mirada crítica de un niño de 5 años; solo mentes contaminadas por adultos son capaces todavía de creerse el cuento.

 

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Luego hay principios especialmente diseñados para seleccionar las teorías que quedan como “científicas”. Como los datos empíricos no ayudan a distinguirlas (debido al mencionado principio de indeterminación), estos principios van a ser siempre filosóficos, sociales, culturales…, principios ad hoc que no tienen nada que ver con la ciencia, pero que la fundamentan. Ejemplos:

 

– La navaja de Okham: según la cual la teoría más simple se prefiere a la compleja (cuantas menos hipótesis ad hoc tenga una teoría, mejor). Es algo completamente arbitrario. La naturaleza podría no tener la misma opinión que nosotros sobre si la realidad tiene que ser simple.

– Adecuación a otras teorías existentes: si una teoría es compatible con otras, queda. Se trata de otra tontería similar a la anterior.

– Capacidad para explicar una gran variedad de eventos: la teoría que más cosas explica, queda. Evidentemente es otra estupidez: Dios lo explica todo, por ejemplo: debería quedar.

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Solo de la interacción de estos y otros principios (que además suelen colisionar unos con otros) con la información empírica surge una teoría científica con un soporte “racional” suficiente. Habrán observado que no es que esto se parezca a asunciones filosófico-morales arbitrarias: es que efectivamente “SON” asunciones filosófico-morales arbitrarias. Pero hay más problemas, y es que no todo científico usa los mismos principios, al ser cada científico distinto del de al lado. Se da, por tanto, una competición “cultural” entre ellos bastante similar a las eternas disputas medievales en el seno de la Iglesia Católica sobre las escrituras y sobre qué evangelios debían guardarse y cuáles quemarse en la hoguera. Nada que ver con la prueba, la objetividad, el racionalismo… que se postulaban en los inicios de todo este mal sueño.

 

Finalmente, en caso de la existencia de dos o más teorías competidoras con el mismo apoyo de información fáctica y de principios formales, los científicos proceden a determinar qué teoría es la más “racional”, y lo tienen que hacer “intuitivamente”, puesto que no existe ningún método para determinar el grado de certidumbre de una teoría, pese a los múltiples intentos por encontrarlo. Así pues, al final sí que funcionan por intuición, basados en su contexto cultural, personal y en su conjunto de creencias.

 

Todos estos malabarismos para fundamentar teorías inventadas recuerdan a los que tuvo que hacer la Iglesia Católica cuando le salieron dinosaurios, redondeces de la Tierra, rotaciones en torno al Sol…

 

De todas formas, la tenacidad de los científicos en aguantar teorías sin evidencias suficientes es en cierto modo positiva, dado que si la ciencia abandonara toda teoría no demostrada plenamente, sencillamente no tendría ninguna.

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Y finalmente, cabe preguntarse: ¿Qué es todo esto?, ¿Ciencia o religión, filosofía, moral…?. La respuesta es sencilla: la Ciencia no existe. Al igual que Dios, que tampoco existe. Así que desde aquí se recomienda fervientemente a todo aquel que se sienta “ateo” y cientificista dejar de creer en la ciencia, ya que no es más que algo así como un “cristianismo reformado”, fundado por cristianos, adoptado por cristianos, una reforma donde Dios es sustituido por las Leyes Naturales, donde sigue patente el mito de la creación (Big Bang) y la idea de un Universo organizado. Por eso se cree que el racionalismo servirá para entenderlo todo, porque todo fue creado por un ser racional; eso pensaban los cristianos en el siglo XVII y seguimos pensando nosotros a día de hoy. Lo dudan? pregúntense en ese caso lo siguiente: cuántos seres racionales ven ustedes a su alrededor?, no somos los únicos?, por qué tendría que ser el Universo entonces “racional”? la respuesta es clara y está en la Biblia: “Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza”: esto es lo que esconde secretamente el ateísmo cientificista como fundamento último de su intento racional de descubrir la naturaleza, además de cientos de dogmas de fe que se asumen sin más (léase a Sheldrake al respecto).

 

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No hay un método científico y no hay “ciencia”. Sólo hay gente religiosa de sus propias teorías haciendo experimentos con mucha fe y con objeto de ganar mucho dinero en la Shell o la NASA o en su defecto un Nobel, y luego algún que otro científico escéptico aislado, pero escéptico de verdad, no ese que duda solo de lo que se aleja de lo que sus papás le contaron. El escepticismo “sano” cuestiona los fundamentos del orden establecido y lo hace tambalearse, y no se dedica a chuparle el culo al poderoso y señalar con el índice al hereje: eso no sirve para nada.

 

Si se hace recuento de las teorías que “la ciencia” ha parido a lo largo de cuatrocientos años, tenemos que la práctica totalidad eran falsas. De hecho, solo cada 10 años se falsean 1/3 de los estudios científicos aparecidos, conforme a la revista Nature, y 2/3 en 20 años. Probabilísticamente hablando sería casi imposible que las teorías en las que actualmente creemos fueran ciertas.

 

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Algunos dirán. ¿Pero y la tecnología?, ¿La tecnología no es la prueba de que la ciencia es “real”?. La tecnología mola mucho, sí, y no nos metemos con la tecnología aquí para nada: de hecho sin ella este post sería imposible (nos gusta la tecnología), pero hay que entender que el hecho de que la tecnología funcione no quiere decir que las teorías sobre “por qué” funciona sean ciertas. Que sea posible internet no se debe inevitablemente a que la naturaleza sea uniforme en todo el Universo, por ejemplo. Afirmar lo contrario va contra la lógica, como hemos explicado con el ejemplo de Zeus. Las bombillas funcionan igual pese a que nuestras teorías sobre la luz han cambiado de plano desde Edison acá. Por otro lado, si usted presencia un milagro, sería absurdo hacerse religioso inmediatamente: ¿religioso de quién? Alá te puede explicar el milagro igual que Yaveh, Einstein, Buda o incluso el gran Dios Om.

 

Tampoco se pretende aquí criticar la investigación científica, que es profundamente necesaria, ni siquiera esos inventos que amenazan nuestra supervivencia, como la bomba atómica (recuerden a Einstein en la foto en la que nos saca la lengua, qué candor la criatura!), o el proyecto HAARP, que amenaza la estabilidad electromagnética de la ionosfera y al que se ha senialado como causa de los huracanes, terremotos y maremotos que nos asolan en esta nuestra última era humana regida por el Dios Shiva: respetamos la voluntad suicida del ser humano porque en este blog somos democráticos. Así, aunque creemos en la protección de las minorías y preferiríamos que se garantizara la supervivencia de los que no hemos firmado la “cláusula extintiva”, somos conscientes de que vivimos en la dictadura terrible de la inconsciencia e irresponsabilidad colectivas: al parecer hay que desarrollar al ser humano a toda costa hasta que éste se extinga: ese es nuestro fin, o no?, o no hay ningún fin?.

 

No tiene sentido pedir que un manzano de peras, pero se puede transformar al manzano en peral. Así, lo que sí nos esforzamos en criticar son básicamente dos conductas: la conducta de “creo en la ciencia” y la conducta de “mejor que creas en ella o te quedas sin beca”, por simplificar ambas: es decir, el aspecto religioso-dictatorial.

 

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Hay que madurar y dejar de depender de un sistema de creencias superior a uno mismo. Llevamos a Dios o a las Leyes Naturales con nosotros allá adonde vamos: es tristísimo; ¿Es que no somos capaces de afrontar la vida aceptando que no tenemos ni puta idea de qué es lo que nos rodea y que esto no va a mejorar hagamos lo que hagamos porque tenemos la inteligencia de un chimpancé y la voluntad de un pingüino borracho?

 

Lo que se van a divertir los antropólogos del futuro con nosotros y nuestras creencias… “los creyentes que no creían creer”, nos llamarán, si es que se preocupan de estudiar estas épocas oscuras o si les dejamos algo que estudiar: comparen el Partenón con las Torres Gemelas y juzguen niveles de trascendencia arquitectónica, por no hablar de belleza…

 

23-Abril-2794: “Después del dórico, el jónico y el corintio, vino el “austero-grisáceo”: hoy sabemos que en las eras de oscuridad, el hombre racionalista edificaba basándose en los bloques de construcción que de crío usaba para aprender las formas, pero su falta de creatividad le llevó a abusar de los cubos en detrimento de formas más interesantes y además ni siquiera coloreaba o tallaba sus edificios, pese a que sabemos que disponía de los medios para hacerlo” (Risas incrédulas de la audiencia). “A pesar de su manifiesta incapacidad arquitectónica, tenemos datos que demuestran la existencia de turismo para contemplar los bloques” (Carcajadas sonoras de la audiencia).

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Al final resulta que lo único que mata al bicho es que la gente deje de creer en él: así se desvanecía Fantasía en “La historia interminable”, así se desvanecen las creencias, tragadas por la nada, porque tan solo son sostenidas por el intento de sus creyentes. No existe ninguna verdad objetiva en ellas, por lo que a lo largo de los siglos se van desintegrando como lágrimas en la lluvia.

 

Hoy lo que está cayéndole encima al racionalismo mecanicista determinista no es llovizna sino un chaparrón. Procede una evolución, un cambio en la manera de concebir el mundo, la entrada de un Nuevo Paradigma que elimine todos esos principios formales arbitrarios que hemos comentado, pero ¿cómo se cambia todo esto en un contexto en el que los científicos, apoyados por los intereses de ultrapoderosas corporaciones, se afferran a sus teorías y agreden con uñas y dientes a todo Galileo o Miguel Servet que trata de convencerles de su error?.

 

Kuhn habla del cambio de paradigma, de cómo el estamento científico va poco a poco aceptando nuevas teorías hasta que cambia el Paradigma fundamental. Max Planck, descubridor y bautista de la famosa constante cuántica de Plank, tenía sin embargo otra idea al respecto: él decía que “una nueva verdad científica no triunfa por medio de la convicción de sus oponentes haciéndoles ver la luz, sino más bien porque sus oponentes mueren y una nueva generación crece más familiarizada con la nueva teoría”.

 

Así pues, lo único que podemos hacer es esperar a que todos mueran, lo cual, salvo que sigan a rajatabla el camino del guerrero de Castaneda, inevitablemente sucederá tarde o temprano.

Ya lo decía Darwin (a quien se criticará en su día): “solo la muerte de los no aptos asegura la evolución de la especie”.

 

Derribar el viejo paradigma sería más fácil si los científicos fueran como moscas de la fruta, que evolucionan más rápido y son más fáciles de matar, como se muestra en este documento gráfico. De todas formas, si se fijan, se darán cuenta de que la mosca no es más que fantasía. En cuanto dejan de creer en ella, se convierte en un efímero grafiti urbano.

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